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jueves, 22 de septiembre de 2011

"No hay mejor defensa que un buen ataque" (Segismundo Freud)

Cierta tarde calurosa, creo recordar vagamente, fue aquella en que por un ápice no fui víctima de las redes psicoanalíticas. Yo he visto de cerca las entrañas del monstruo, y he sobrevivido para contarlo. Esta tarde aciaga y funesta estábame yo balanceando soporíferamente en las aguas promiscuas del facebook cuando, de improviso, se abrieron ante mí las puertas del hades; tres portales del chat con sus fauces provocadoras al mismo tiempo, que me han llevado a escribir estas líneas para alertar a otros congéneres serranos del mal que acecha en eso que, han dado en llamar, las “redes sociales”. En la primera pantallita pidiendo conversar aguardaba atrincherada mi vecina psicóloga desde Buenos Aires y que se quejaba de la lentitud en las conexiones, de su preferencia por los neuróticos a los psicóticos y del precio del aceite de oliva virgen. El siguiente reclamo de afecto virtual provenía desde Rosario, allí, mi amigo psicoanalista LaKaniano me pedía datos acerca de los precios de las propiedades porque está por radicarse en el pueblo porque, me dijo en un lenguaje simbólico y hermético: “esta ciudad de mierda me tiene harto y me voy al carajo”. No dudé un segundo en dejar pasar por alto semejante ofensa e intenté decirle que esto no es “el carajo”, pero no pude, porque al mismo tiempo estaba chateando con un psicólogo de Buenos Aires que también se viene a vivir al pueblo. Porque parece que la gente está mal. Mi terror era emprenderla con actos fallidos entre las tres pantallas y que, encima, esta gente tomara por cierto mis equivocaciones al tipear. Yo digo, por caso, supongamos que a la del aceite virgen le contesto que esto no es el carajo; al rosarino le encargo dos litros y al de Buenos Aires le aconsejo que deje de lado a los neuróticos y se encargue de los psicópatas, que tienen más adrenalina, más prensa mediática y le garantizan un buen pasar a futuro porque son irrecuperables. Imagínense que se me arma flor de despelote y eso no tiene vuelta atrás, porque lo dicho, dicho está. Yo creo que tres psicólogos al mismo tiempo es mucho para uno que a gatas ha terminado el secundario a los cuarenta años. Pero así y todo estoy seguro de haber librado una batalla digna, que le viene de perillas a mi autoestima en picada justo ahora cuando las gallinas me están poniendo menos huevos de lo acostumbrado. Algo así le pasó a mi padre cuando era yo un adolescente de él. El tipo se fumaba cinco paquetes de Jockeys Club cortos por día, al extremo de graficarles esta conducta diciéndoles que no usaba encendedor porque  encendía un faso con la colilla del anterior. Una bestia asesina era. El punto en cuestión es que al tipo cierto día se le explota todo junto; el cerebro, el corazón, las arterias, las ideas y hasta una verruga que arrastraba inmutable detrás de la oreja derecha desde la segunda guerra mundial y le había puesto Fabiola, por la reina exiliada. Tres días duró a puro pulmotor, hasta que antes de exhalar el último aliento se incorporó como pudo en la cama y nos dijo: “Ustedes me pusieron un equipo de seis médicos. ¿Cómo mierda piensan que me voy a defender? Son seis contra uno” Y se murió. Por eso digo que yo estuve al borde de un colapso similar con estos tres acomodadores de caramelos sueltos. Y sobreviví, y eso que yo soy un hombre grande. Con qué necesidad, digo yo.

martes, 6 de septiembre de 2011

El satélite de la yegua



Una de esas inexplicables sendas del destino me llevó a encontrar un folleto donde alguien ofrece televisión satelital sin cuotas de por medio y para siempre, oblando un único pago por siempre jamás. Llamo al número de contacto y me atiende una señora que me cuenta que el que se encarga de todo eso es el hijo, que justo ahora está cambiando el alambre del gallinero, me cuenta, y agrega,  inmediatamente, que lo espere, que ya viene. Y viene nomás el flaco y me pone al tanto del único pago de 1.500 pesos por única vez, y me cuenta que se pueden ver los canales codificados y todos los porno y todas las películas y todo lo que yo quiera. Me dice que él viene, me instala la antena satelital y me deja el control remoto y cobra y se va y listo, todo eso junto me dice. Le digo que tengo televisión satelital y que, además de poder verla sin problemas, tengo un soporte técnico que me ayuda en las configuraciones o en cualquier problema que no pueda resolver, y el flaco me contesta que en este caso no hay que llamar a nadie porque si se corta la señal, me vende un control remoto con “palanquitas” (así me dijo) para que pueda alternar entre otros tres satélites que sigan enviando señal. Pero yo insisto, y le re-pregunto qué pasaría en el hipotético caso de que los otros tres satélites tampoco emitan señal o estén de huelga allá arriba, y claro, el tipo se brota y me dice: “No loco (ya me trató de demente), eso es imposible, los satélites siempre “andan” porque son norteamericanos, no son como los de esta yegua que no sirven para nada” (ahí me di cuenta de que el flaco, además de acérrimo opositor, debe ser técnico espacial, y encima alambrador de gallineros). En un leguaje técnico y hermético me explicó que si moviendo las “palanquitas” no “agarro” ninguna señal, tengo que subirme al techo y comenzar a girar la antena satelital hasta que “enganche” algo. Entonces le recuerdo que eso mismo hacía yo con la vieja antena de aire cuando tenía ocho años, es decir, le comento, que tendría que hacer lo mismo pero tratando de embocarla con un satélite cuando justo pasa por la constelación de Orión y así poder ver el baile del caño y, de paso, las pléyades. También le pregunto sobre la posibilidad de acercarme hasta su domicilio y retirar yo mismo la antena y el control remoto de las palanquitas, pero se ataja y me dice que no, que él solamente va a domicilio porque no recibe gente en su casa. Yo, de pesado nomás que soy, le digo que prefiero pensarlo, y si me decido lo vuelvo a contactar. Entonces el flaco me dice “¿Para qué me llama si no va a comprar nada?”. Y me cortó. Porque es así nomás, en estos tiempos, lograr amabilidad desde una tutoría telefónica de satélites espaciales es como pretender que no roben agua de las acequias. Imposible.