Estaba en la estación de servicio de
Cruz del Eje cargando combustible y se me acercan dos minitas de unos 20 años
con una remera negra con logo de zapallo de halloween y me dicen ¿TRUCO O
TRETA?....yo les contesté que tanta neurosis hace mal. Me dijeron ¿LO QUE COSA?
y se fueron....en el norte del país no me podés decir TRETA...¿quién carajo
dice "TRETA"?....eso me recordó a cuando vivía en california y los
mexicanos desclasados que se creían yankees me decían “ÓRALE MANITO ¿TRUCO O TRETA?”. Es impresionante
como han cooptado la subjetividad de mucha gente. ¿TRUCO O TRETA?.....andá a
cagar......!
lunes, 13 de agosto de 2012
Dejá que el viento te acaricie
Anoche fumé una pitada de marihuana y me clavé una cerveza negra mirando una película de horror por televisión. En la pantalla estaba Claudio María Domínguez, que sería como un neo pastor gay de la negación vuelto hetero o algo por el estilo. El flaco mira fijo a la cámara y escupe esto, sin pudor: "Animate a ser vos. Animate a volar. Soltate. Dejá que el viento de la vida te acaricie". Pero el flaco llevaba tremenda peluca pegada con Fastix. Y pienso que hay programas que no deberían emitirse, por una cuestión de salud pública.
No me toques !!
Yo terminaba de cargar combustible y conversaba con
una señora que malvive en situación de calle en Cruz del Eje. Ella es india
hasta la médula y ya somos como chanchos. Primero hablamos largo de cualquier
cosa y siempre nos despedimos cuando mi culpa burguesa le da dos pesos o cinco
si puedo. Es así una vez por semana al menos. Es un pacto sin pactar. Y en eso
estábamos cuando llega un auto de esos pornográficos, negro, largo,
brillante. La gorda que iba al volante se baja (porque era una gorda con todas
las letras, alimentada a billetes de cien) compra un cartón de cigarrillos
entero y regresa. La señora que malvive tuvo la osadía de pedirle una moneda y
además le tocó el hombro. La gorda de los billetes la miró fijo, se sacudió el
hombro y le dijo "no me toques" y se subió al auto segura y contenida
entre vidrios polarizados. La mujer que malvive se enojó y murmuró una oración
en lengua extraña. La gorda manoteó las llaves, puso contacto......y el auto
porno no arrancó más.
Canícula violeta
Hay un aumento impresionante de violaciones hacia
niños en Cruz del Eje (el último caso fue el de un pibe de 8 años violado por un jovato psicótico de 60 dentro
de un corral de cabras) y por eso habilitaron un consultorio psicológico por
intermedio del Concejo de la mujer. Desde esa oficina declararon que: “Las
violaciones se deben a las altas temperaturas que superaron los 40 grados”. Yo
pienso en el terrible padecimiento de los
niños africanos, caribeños u otras latitudes donde la canícula pega fuerte,
deben estar todos empomados las 25 horas del día, y quizás por esto mismo los
cubanos, ponele, son todos violetas, además de comunistas, según la teoría de
estos psicólogos que deben haber cursado la carrera en la misión de la hermana
Theresa. Se ve que con el frío no se abusa. Interesante teoría
freudiano-cordobesa.
miércoles, 1 de agosto de 2012
UN PASITO PALÁNTE
Y OTRO
PASITO PATRÁS
Una
de las mejores decisiones políticas que tomé en mi vida fue alejarme
definitivamente la ciudad y mudarme a pleno campo en San Marcos Sierras, bien al
noroeste de Córdoba capital. Hace pocos días, ciertas amistades funestas y apenas
presentables que tengo en el pueblo me han invitado a bailar a un boliche en
Cruz del Eje, que es la ciudad más próxima porque, según me han dicho, el lugar
“se
pone lindo después de las dos de la mañana”, que justo coincide cuando me
levanto para orinar, y encima no me dijeron cómo se pone antes de esa hora. Tengo
46 años, ya soy una persona grande para esos trotes. Veo poco y en la oscuridad
ni quiero pensar. Tampoco creo estar en condiciones de treparme a los parlantes
con jeans rotos, ni exhibir el elástico de mis bóxers apócrifos clase B sobresaliendo
de los pantalones ni entender lo que me digan con la música a todo volumen. El
oído izquierdo me zumba con chicharras en el interior si hay viento Norte y el
derecho si viene granizo; es como si tuviera la voz de la conciencia con tos
adentro de la cabeza. El local bailable es un viejo parador de camiones
abandonado y ahora reciclado a la vera de la ruta 38, enfrente hay una
polvorienta rotonda a medio terminar y en la parte de atrás, campo pelado, que
intuyo será el reservado outlet bien a lo macho entre espinillos y quebrachales.
El asunto se complica más cada vez que lo pienso porque nunca fui el alma de
las fiestas, y entonces supongo que voy a estar regulando toda la noche porque
van a hacer un sorteo para ver quién saca a bailar boleros al veterano gay, y
no creo que se vendan muchos números. Y hablando de números, la entrada cuesta
15 pesos y un vaso de casi un litro de alcoholes bastardos de octava prensada
en frío, que lo venden con una receta médica porque provoca esquizofrenia, tan
solo 30 mangos, es decir que el pedo de la gente debe ser oprobioso y a
mansalva. Sería como sumergirme en un film de Tarantino o de Tim Burton y
encima esta temporada se avecina un poco ventosa y polvorienta. Lo más moderno
que tengo en mi guardarropa es un jean que uso solamente para ir de paseo a
Córdoba capital cada mes y un par de zapatos hermosos que me compré en el 2002
cuando salí abanderado en la secundaria de adultos porque el verdadero
abanderado cincuentón fue víctima de un sarampión tardío. Camisas no tengo
porque no uso. Gel tampoco porque cabellos no me quedan. Si ceno a las nueve de
la noche, cuando me levante a las dos voy a tener hambre de nuevo en caso de
que logre despertarme a esa hora, y además calentar el agua del termotanque a
leña, prender la salamandra para vestirme sin hipotermia, tratar de que el
motor congelado del auto haga chispa y transitar 20 kilómetros por una ruta del
noroeste cordobés tratando de no atropellar ningún zorro y esquivando serpientes
de cascabel. Es mucho eso, y encima tendría que volver sin tomar alcohol porque
me mareo rápido a esta edad. Supongo que una hora correcta de regreso serían
algo así como las siete de la mañana, que es la hora de abrir el gallinero y
darles de comer a las aves, luego desayunar y a las nueve regar las huertas. No
me coinciden los horarios. Es que acá en el campo todo es muy complicado,
porque vivir en un valle ecológico tiene su precio. Pero igual voy a ir, hace
rato que no escucho temas de Armando Manzanero y no quiero estar fuera de
contexto.

RICARDO Y RICARDO
Aparta la cortina de
retazos que cubre la puerta de esa pieza de bloques grises como el paisaje y
sale al mundo cada tarde. Sus pasos breves y acompasados para no levantar polvo
son inútiles y la polvareda del noroeste cordobés mella sin piedad los mocasines
negros recién lustrados. Las cabras lo saludan en coro; “chillan porque en
invierno no tienen pasto y se ponen bravas” dice, mientras me extiende su mano
curtida con uñas brillantes pinceladas de calcio meticulosamente aplicado.
Ricardo tiene 46 años en el documento y la eternidad en el cuerpo. Se preparó
para mi visita desde tres horas antes de mi llegada; juntó leña y encendió un
fogón, calentó agua para darse un baño con jabón perfumado, hizo abuso de
cremas en el rostro y depiló sus cejas al detalle. Las puntas del cuello de su
camisa azul a rayas blancas están zurcidos a mano. Apresta termo y mate,
enfrenta dos sillas desiguales debajo de un algarrobo y el piso como mesa. Tres
perras flacas nos miran, me miran. El otro Ricardo sale a escena por televisión,
atropella el mundo en su show, hace trizas el concepto de raciocinio con una
escenografía de telas brillantes y se apoltrona en un sillón plateado de
espaldar altísimo, esos mismos que sirven imaginariamente para sostener y
cubrir inseguridades inconfesables. Tiene los dedos de sus manos cubiertos de
anillos y un reloj lacayo tapizado de diamantes cumpliendo la orden de no
marcar el paso del tiempo. La vida misma parece serle obsecuente aunque
pregunta a cámara “hubo un corte de luz durante el programa ¿a alguien del Poder
le molestará lo que digo?”. Ricardo se confiesa y cuenta que el brillo de su
rostro se lo debe a una crema en oferta, de esas que envasan espejismos en
potes de medio litro y a precio desilusión; “me doy estos gustos porque me
dieron una pensión a la pobreza. Pero es por la política y en cualquier momento
me la cortan; ni luz tengo”, dice mientras revuelve el mate sin poder evitar
que se lave al quinto sorbo, y agrega, “lo único que le pido a Dios es que me
mande un hombre que me quiera muy mucho para toda la vida. Estoy cansado de la
soledad”. El borde de uno de sus mocasines negros soltó amarras en el arenal infértil
y exhibe parte de unas medias de algodón blancas, y en este contexto hay que hacer
un esfuerzo tremendo para sostener una dignidad histórica que habilite a que las
medias blancas luzcan blancas. El otro Ricardo presenta a cinco jóvenes
muchachos representantes del estereotipo gay enfundados en lycra negra de La
Salada, cuya mayor astucia es bailar una danza al borde de la psicosis
apostados sobre zapatos con tacones casi invisibles de quince centímetros de
altura, y pienso que sostenerse sobre una delgada línea debería ser condecorado
con un meritorio reconocimiento al masoquismo en pos de la nada, ni siquiera
del goce. Luego vino un desfile de chongos con body painting a las apuradas,
con una falta de brillo tal que inevitablemente pensé en el precio astronómico
que alcanzaría la crema de Ricardo si el otro Ricardo supiera de su existencia.
Atardece en el Norte y el frío seco de julio hace presencia temprana. Las tres
perras son una sola mata de pelos en un hueco de la tierra. Las cabras,
amontonadas, ya no reclaman. El sol es ahora una simple bola roja porque en
este páramo la amplitud térmica es mayor que el criterio del “paradigma gay”.
Ricardo se va a la casa de una vecina a ver televisión porque “esta noche dan
el programa de Ricardo y cuando lo veo me escapo de la realidad”. Entonces le
doy un abrazo de esos fuertes y me voy sin mirar para atrás.
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