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San Marcos Sierras, Cordoba, Argentina

miércoles, 1 de agosto de 2012


UN PASITO PALÁNTE 
Y OTRO 
PASITO PATRÁS

Una de las mejores decisiones políticas que tomé en mi vida fue alejarme definitivamente la ciudad y mudarme a pleno campo en San Marcos Sierras, bien al noroeste de Córdoba capital. Hace pocos días, ciertas amistades funestas y apenas presentables que tengo en el pueblo me han invitado a bailar a un boliche en Cruz del Eje, que es la ciudad más próxima porque, según me han dicho, el lugar  “se pone lindo después de las dos de la mañana”, que justo coincide cuando me levanto para orinar, y encima no me dijeron cómo se pone antes de esa hora. Tengo 46 años, ya soy una persona grande para esos trotes. Veo poco y en la oscuridad ni quiero pensar. Tampoco creo estar en condiciones de treparme a los parlantes con jeans rotos, ni exhibir el elástico de mis bóxers apócrifos clase B sobresaliendo de los pantalones ni entender lo que me digan con la música a todo volumen. El oído izquierdo me zumba con chicharras en el interior si hay viento Norte y el derecho si viene granizo; es como si tuviera la voz de la conciencia con tos adentro de la cabeza. El local bailable es un viejo parador de camiones abandonado y ahora reciclado a la vera de la ruta 38, enfrente hay una polvorienta rotonda a medio terminar y en la parte de atrás, campo pelado, que intuyo será el reservado outlet bien a lo macho entre espinillos y quebrachales. El asunto se complica más cada vez que lo pienso porque nunca fui el alma de las fiestas, y entonces supongo que voy a estar regulando toda la noche porque van a hacer un sorteo para ver quién saca a bailar boleros al veterano gay, y no creo que se vendan muchos números. Y hablando de números, la entrada cuesta 15 pesos y un vaso de casi un litro de alcoholes bastardos de octava prensada en frío, que lo venden con una receta médica porque provoca esquizofrenia, tan solo 30 mangos, es decir que el pedo de la gente debe ser oprobioso y a mansalva. Sería como sumergirme en un film de Tarantino o de Tim Burton y encima esta temporada se avecina un poco ventosa y polvorienta. Lo más moderno que tengo en mi guardarropa es un jean que uso solamente para ir de paseo a Córdoba capital cada mes y un par de zapatos hermosos que me compré en el 2002 cuando salí abanderado en la secundaria de adultos porque el verdadero abanderado cincuentón fue víctima de un sarampión tardío. Camisas no tengo porque no uso. Gel tampoco porque cabellos no me quedan. Si ceno a las nueve de la noche, cuando me levante a las dos voy a tener hambre de nuevo en caso de que logre despertarme a esa hora, y además calentar el agua del termotanque a leña, prender la salamandra para vestirme sin hipotermia, tratar de que el motor congelado del auto haga chispa y transitar 20 kilómetros por una ruta del noroeste cordobés tratando de no atropellar ningún zorro y esquivando serpientes de cascabel. Es mucho eso, y encima tendría que volver sin tomar alcohol porque me mareo rápido a esta edad. Supongo que una hora correcta de regreso serían algo así como las siete de la mañana, que es la hora de abrir el gallinero y darles de comer a las aves, luego desayunar y a las nueve regar las huertas. No me coinciden los horarios. Es que acá en el campo todo es muy complicado, porque vivir en un valle ecológico tiene su precio. Pero igual voy a ir, hace rato que no escucho temas de Armando Manzanero y no quiero estar fuera de contexto.

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