UN PASITO PALÁNTE
Y OTRO
PASITO PATRÁS
Una
de las mejores decisiones políticas que tomé en mi vida fue alejarme
definitivamente la ciudad y mudarme a pleno campo en San Marcos Sierras, bien al
noroeste de Córdoba capital. Hace pocos días, ciertas amistades funestas y apenas
presentables que tengo en el pueblo me han invitado a bailar a un boliche en
Cruz del Eje, que es la ciudad más próxima porque, según me han dicho, el lugar
“se
pone lindo después de las dos de la mañana”, que justo coincide cuando me
levanto para orinar, y encima no me dijeron cómo se pone antes de esa hora. Tengo
46 años, ya soy una persona grande para esos trotes. Veo poco y en la oscuridad
ni quiero pensar. Tampoco creo estar en condiciones de treparme a los parlantes
con jeans rotos, ni exhibir el elástico de mis bóxers apócrifos clase B sobresaliendo
de los pantalones ni entender lo que me digan con la música a todo volumen. El
oído izquierdo me zumba con chicharras en el interior si hay viento Norte y el
derecho si viene granizo; es como si tuviera la voz de la conciencia con tos
adentro de la cabeza. El local bailable es un viejo parador de camiones
abandonado y ahora reciclado a la vera de la ruta 38, enfrente hay una
polvorienta rotonda a medio terminar y en la parte de atrás, campo pelado, que
intuyo será el reservado outlet bien a lo macho entre espinillos y quebrachales.
El asunto se complica más cada vez que lo pienso porque nunca fui el alma de
las fiestas, y entonces supongo que voy a estar regulando toda la noche porque
van a hacer un sorteo para ver quién saca a bailar boleros al veterano gay, y
no creo que se vendan muchos números. Y hablando de números, la entrada cuesta
15 pesos y un vaso de casi un litro de alcoholes bastardos de octava prensada
en frío, que lo venden con una receta médica porque provoca esquizofrenia, tan
solo 30 mangos, es decir que el pedo de la gente debe ser oprobioso y a
mansalva. Sería como sumergirme en un film de Tarantino o de Tim Burton y
encima esta temporada se avecina un poco ventosa y polvorienta. Lo más moderno
que tengo en mi guardarropa es un jean que uso solamente para ir de paseo a
Córdoba capital cada mes y un par de zapatos hermosos que me compré en el 2002
cuando salí abanderado en la secundaria de adultos porque el verdadero
abanderado cincuentón fue víctima de un sarampión tardío. Camisas no tengo
porque no uso. Gel tampoco porque cabellos no me quedan. Si ceno a las nueve de
la noche, cuando me levante a las dos voy a tener hambre de nuevo en caso de
que logre despertarme a esa hora, y además calentar el agua del termotanque a
leña, prender la salamandra para vestirme sin hipotermia, tratar de que el
motor congelado del auto haga chispa y transitar 20 kilómetros por una ruta del
noroeste cordobés tratando de no atropellar ningún zorro y esquivando serpientes
de cascabel. Es mucho eso, y encima tendría que volver sin tomar alcohol porque
me mareo rápido a esta edad. Supongo que una hora correcta de regreso serían
algo así como las siete de la mañana, que es la hora de abrir el gallinero y
darles de comer a las aves, luego desayunar y a las nueve regar las huertas. No
me coinciden los horarios. Es que acá en el campo todo es muy complicado,
porque vivir en un valle ecológico tiene su precio. Pero igual voy a ir, hace
rato que no escucho temas de Armando Manzanero y no quiero estar fuera de
contexto.

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