
RICARDO Y RICARDO
Aparta la cortina de
retazos que cubre la puerta de esa pieza de bloques grises como el paisaje y
sale al mundo cada tarde. Sus pasos breves y acompasados para no levantar polvo
son inútiles y la polvareda del noroeste cordobés mella sin piedad los mocasines
negros recién lustrados. Las cabras lo saludan en coro; “chillan porque en
invierno no tienen pasto y se ponen bravas” dice, mientras me extiende su mano
curtida con uñas brillantes pinceladas de calcio meticulosamente aplicado.
Ricardo tiene 46 años en el documento y la eternidad en el cuerpo. Se preparó
para mi visita desde tres horas antes de mi llegada; juntó leña y encendió un
fogón, calentó agua para darse un baño con jabón perfumado, hizo abuso de
cremas en el rostro y depiló sus cejas al detalle. Las puntas del cuello de su
camisa azul a rayas blancas están zurcidos a mano. Apresta termo y mate,
enfrenta dos sillas desiguales debajo de un algarrobo y el piso como mesa. Tres
perras flacas nos miran, me miran. El otro Ricardo sale a escena por televisión,
atropella el mundo en su show, hace trizas el concepto de raciocinio con una
escenografía de telas brillantes y se apoltrona en un sillón plateado de
espaldar altísimo, esos mismos que sirven imaginariamente para sostener y
cubrir inseguridades inconfesables. Tiene los dedos de sus manos cubiertos de
anillos y un reloj lacayo tapizado de diamantes cumpliendo la orden de no
marcar el paso del tiempo. La vida misma parece serle obsecuente aunque
pregunta a cámara “hubo un corte de luz durante el programa ¿a alguien del Poder
le molestará lo que digo?”. Ricardo se confiesa y cuenta que el brillo de su
rostro se lo debe a una crema en oferta, de esas que envasan espejismos en
potes de medio litro y a precio desilusión; “me doy estos gustos porque me
dieron una pensión a la pobreza. Pero es por la política y en cualquier momento
me la cortan; ni luz tengo”, dice mientras revuelve el mate sin poder evitar
que se lave al quinto sorbo, y agrega, “lo único que le pido a Dios es que me
mande un hombre que me quiera muy mucho para toda la vida. Estoy cansado de la
soledad”. El borde de uno de sus mocasines negros soltó amarras en el arenal infértil
y exhibe parte de unas medias de algodón blancas, y en este contexto hay que hacer
un esfuerzo tremendo para sostener una dignidad histórica que habilite a que las
medias blancas luzcan blancas. El otro Ricardo presenta a cinco jóvenes
muchachos representantes del estereotipo gay enfundados en lycra negra de La
Salada, cuya mayor astucia es bailar una danza al borde de la psicosis
apostados sobre zapatos con tacones casi invisibles de quince centímetros de
altura, y pienso que sostenerse sobre una delgada línea debería ser condecorado
con un meritorio reconocimiento al masoquismo en pos de la nada, ni siquiera
del goce. Luego vino un desfile de chongos con body painting a las apuradas,
con una falta de brillo tal que inevitablemente pensé en el precio astronómico
que alcanzaría la crema de Ricardo si el otro Ricardo supiera de su existencia.
Atardece en el Norte y el frío seco de julio hace presencia temprana. Las tres
perras son una sola mata de pelos en un hueco de la tierra. Las cabras,
amontonadas, ya no reclaman. El sol es ahora una simple bola roja porque en
este páramo la amplitud térmica es mayor que el criterio del “paradigma gay”.
Ricardo se va a la casa de una vecina a ver televisión porque “esta noche dan
el programa de Ricardo y cuando lo veo me escapo de la realidad”. Entonces le
doy un abrazo de esos fuertes y me voy sin mirar para atrás.