ORGÁNICAMENTE CAPITALISTA
En Lo relativo a los regenteadores de sembradíos
que utilizan agroquímicos en San Marcos Sierras, es notable destacar cómo tanto
desde el Poder político hasta los vecinos siempre se retorna a un discurso
instalado y solapado que, travestido de buenas intenciones en promover el
desarrollo de pequeños emprendimientos comerciales o economías regionales, en
verdad es un liso y claro aval al sálvese quien pueda. Este discurso lo expuso
el Poder político en la reunión llevada a cabo dentro del concejo deliberante,
es un discurso típico, ya conocido, y que postula lo siguiente: “Hay que tener
cuidado con los controles que se hacen a los quinteros (o lo que fuere) porque
esto puede llevar a que nadie quiera venir a invertir a este pueblo. En todo
caso, debemos incentivar la producción orgánica”.
A ver, analicemos este dislate verbal:
Vivimos
dentro un sistema que se llama capitalista y, por ende, la palabra “producción”
tiene, históricamente, un peso determinado. Esta “producción” que pensamos
salvaguardar requiere celeridad, ordena cantidad y exige rentabilidad. El
cultivo orgánico no. Es su opuesto no constitutivo. El cultivo orgánico no
arroja “producción” y por lo tanto no es rentable a gran escala dentro de este
sistema, porque si el arrendatario debe esperar dos meses para cultivar unas
simples lechugas su paradigma de rentabilidad se cae a pedazos. El cultivo
orgánico no rinde para combustibles, costos de transporte, mantenimiento de
personal (generalmente “en negro””) y alquiler del predio. La cuenta no cierra,
se mire por donde se mire. Tampoco sirven hoy experiencias comunitarias
utópicas extrapoladas a gran escala, porque nadie va a preparar purín de ortiga
para cinco hectáreas y sostenerlo en el tiempo. Hoy el mundo pide producción,
cantidad y disponibilidad de verduras y hortalizas iguales y de gran tamaño, y
jugar a ser dios demanda la utilización de químicos a gran escala. Claro que se
puede cultivar orgánico y vender en pequeñas cantidades en los alrededores,
pero no se llama “producción”, se llama “cultivo”. Por otro lado, desde el
municipio se emite otro discurso que también capta adeptos en los mismos
vecinos y es la sentencia de que este tipo de actividades trae “progreso” al
pueblo. Un progreso extraño según mi precario entender, porque hasta el mismo
arrendatario ha declarado oficialmente en papers del municipio que él viene
desde San Esteban y su producción se vende fuera de San Marcos, es decir, es el
segundo discurso que se cae como un mazo de naipes. Otros han dicho: “¿Qué quieren
provocar?, si se van los quinteros lotean el predio y se instalan cabañas”.
Pienso que en lo que queda de este planeta ya no hay mucho para elegir, y
entonces prefiero mi napa de agua contaminada con excremento humano orgánico por
unas cabañitas antes que una berenjena de dos kilos que me provoque cáncer. Todo
esto hasta que podamos asumir que este pueblo no es lugar habilitante para
quintas que “produzcan”. Y claro, asumir eso duele.