Llegaron
Ya entrado el mes de diciembre, y ante la inminente llegada de los turistas, los comerciantes comienzan a mear el territorio como perros en celo. Se chusmean el precio de las empanadas, compiten para ver quién tiene la pizza más grande y quién puede currar más con el precio de la cerveza tibia. Y llegan los susodichos turistas. Los que vienen en el diferencial del Sarmiento llegan tullidos porque los asientos son cada vez más chicos y aquellos que vienen en el Ciudad de Córdoba llegan estirados porque los asientos están siempre reclinados a la fuerza. Lo primero que hacen es testear si hay señal de celular y saber dónde está el cíber. Hablan a los gritos y caminan también a los gritos, por más que uno les explique que por la cantidad de espinas no se debe andar descalzos como en Villa Gesell. Están aquellos que se compran la mística y ya se quieren comprar un terreno, o los que vienen a sufrir y se van hasta el Quilpo caminando con mochilas con 45 grados a la sombra como si fueran pioneros del Estado de Israel. Hay mujeres que se maquillan como en la ciudad, y con viento norte a la media hora son un clon de piñón fijo. Claro que también está el turismo interno de los cordobeses sojeros, con ese sombrerito berreta tipo cowboy y las minitas con los cabellos planchados se bajan de las 4x4 y les preguntan a los artesanos: “Che, ¿por esto qué precio me hacés?”, dando por sentado que les deben hacer una rebaja. También llegan los que se compraron auto nuevo y transpiran más que Claudio María Domínguez en una reunión de psicoanalistas cuando advierten que este terreno no es para autos bajos, y uno los ve pasear con una cara de orto impresionante a cinco kilómetros por hora. Otros estacionan en la plaza y conectan la alarma del auto porque no pueden desconectar su alarma interna. Algunos son víctimas de brotes psicóticos cuando el cajero automático del pueblo se queda sin billetes o cuando se agota la existencia de pilas para las cámaras digitales. Están los piojosos de siempre que garronean y piden permiso “de onda” para enchufar los celulares en los comercios, como si acá el fluido eléctrico fuese gratuito. Hay mucho manguero que pide cigarrillos sin importarle un carajo que cada uno viene costando algo así como 40 centavos. Vienen además las viejas catalogadas por la ciencia como “Chotas” o “del orto”, que cuando ven a un pueblerino vestido de entrecasa esconden la cartera a un costado por miedo a que se la manoteen. Algunos se entusiasman comentando lo terrible que es vivir en la ciudad, creyendo que a nosotros nos importa. Un tema aparte son los que van en auto por los callejones con papelitos en la mano buscando a un primo lejano que se vino al pueblo hace 45 años escapando…..de ellos!!. Y están los que vienen con los hijitos híper activos de conductas lapidarias, con esas bermudas debajo de las rodillas y van al río y ven una mojarrita y le tiran piedras…una tortuga y le tiran piedras…un colibrí y le tiran piedras…pasa un burro y le tiran piedras…o le tiran piedras al agua toda la tarde en forma compulsiva!!. Y están los que juntan piedras en forma obsesiva como si en la ciudad fueran a revestir la pared del comedor; ven piedras en forma de corazón, de sorete petrificado, de flan Ravanna o con la cara de Ricardo Fort. Algunos más se les da por curtir onda yuyitos serranos y de todo hacen tecitos, son esos que después uno los ve en la farmacia comprando cajas y cajas de pastillas de carbón. En fin, hay de todo como en la viña del señor, lo que pasa es que hay racimos que pesan demasiado.










