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martes, 6 de septiembre de 2011

El satélite de la yegua



Una de esas inexplicables sendas del destino me llevó a encontrar un folleto donde alguien ofrece televisión satelital sin cuotas de por medio y para siempre, oblando un único pago por siempre jamás. Llamo al número de contacto y me atiende una señora que me cuenta que el que se encarga de todo eso es el hijo, que justo ahora está cambiando el alambre del gallinero, me cuenta, y agrega,  inmediatamente, que lo espere, que ya viene. Y viene nomás el flaco y me pone al tanto del único pago de 1.500 pesos por única vez, y me cuenta que se pueden ver los canales codificados y todos los porno y todas las películas y todo lo que yo quiera. Me dice que él viene, me instala la antena satelital y me deja el control remoto y cobra y se va y listo, todo eso junto me dice. Le digo que tengo televisión satelital y que, además de poder verla sin problemas, tengo un soporte técnico que me ayuda en las configuraciones o en cualquier problema que no pueda resolver, y el flaco me contesta que en este caso no hay que llamar a nadie porque si se corta la señal, me vende un control remoto con “palanquitas” (así me dijo) para que pueda alternar entre otros tres satélites que sigan enviando señal. Pero yo insisto, y le re-pregunto qué pasaría en el hipotético caso de que los otros tres satélites tampoco emitan señal o estén de huelga allá arriba, y claro, el tipo se brota y me dice: “No loco (ya me trató de demente), eso es imposible, los satélites siempre “andan” porque son norteamericanos, no son como los de esta yegua que no sirven para nada” (ahí me di cuenta de que el flaco, además de acérrimo opositor, debe ser técnico espacial, y encima alambrador de gallineros). En un leguaje técnico y hermético me explicó que si moviendo las “palanquitas” no “agarro” ninguna señal, tengo que subirme al techo y comenzar a girar la antena satelital hasta que “enganche” algo. Entonces le recuerdo que eso mismo hacía yo con la vieja antena de aire cuando tenía ocho años, es decir, le comento, que tendría que hacer lo mismo pero tratando de embocarla con un satélite cuando justo pasa por la constelación de Orión y así poder ver el baile del caño y, de paso, las pléyades. También le pregunto sobre la posibilidad de acercarme hasta su domicilio y retirar yo mismo la antena y el control remoto de las palanquitas, pero se ataja y me dice que no, que él solamente va a domicilio porque no recibe gente en su casa. Yo, de pesado nomás que soy, le digo que prefiero pensarlo, y si me decido lo vuelvo a contactar. Entonces el flaco me dice “¿Para qué me llama si no va a comprar nada?”. Y me cortó. Porque es así nomás, en estos tiempos, lograr amabilidad desde una tutoría telefónica de satélites espaciales es como pretender que no roben agua de las acequias. Imposible.

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