Querido diario:
Definitivamente no puedo vivir en una comunidad, o al menos ese estilo de vida que en este pueblo entienden como comunidad. Pienso que eso me llevaría inevitablemente a reprimir mis instintos primarios y no quiero resignarme a eso. Quizá sea el acostumbramiento a la tranquilidad de no tener vecinos y buscar el ruido y socializar solamente cuando lo necesito. La primera jugarreta que me tendió el Facebook no pude sortearla y mi inconsciente me llevó inmediatamente a pensar en personas que pasaron por mi vida y ver qué fue de ellos.
El panorama fue mayoritariamente desolador.
A mi lista de amigos se han sumado dos pelados de San Juan y una colorada de Tandil que no tengo la menor idea de quienes serán, y no quiero saberlo por ahora. Pienso también en esos padres que muestran a sus bebés de meses totalmente expuestos desnudos, vomitando, llorando o durmiendo e imagino si tanta afrenta sin permiso a sus púberes dignidades no será por ellos vengada en un futuro no muy lejano, cuando suban a la red social imágenes de sus padres en la misma situación, pero internados en un geriátrico del PAMI.
También hay personas que me escriben el muro y yo pienso que estoy grande para que me anden pintarrajeando manos apenas conocidas, que vaya uno a saber qué cosas se anduvieron tocando antes de pintarme el muro a mí. Hay que ser cuidadoso en ciertas cuestiones, sobre todo si uno puede llegar a ser como Roberto Carlos y tener un millón de amigos.
Que andes bien.
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