Cada 24 de marzo vuelve a mi mente un año determinado, pero no recuerdo cuál fue; ¿´84, ´85, ´87?, no lo sé. Yo caminaba una tarde de otoño, esas tardes de otoño de Buenos Aires con ventarrones por la avenida Santa Fe. Cuando llegué al cruce de la avenida Callao me detuve hasta que el semáforo me habilitara a cruzar. Y ahí también estaba él, parado a escasos 30 centímetros míos esperando la luz verde con una bolsita de lienzo de esas para hacer compras pequeñas, cotidianas, inocentes. Le pude sentir el olor a colonia y estudiarle en detalle los afeites prolijos, la piel blanca, el cabello engominado y los ojos celestes. Erguido, firme y con esa altivez que delata la tranquilidad que brinda la impunidad era mucho más alto de lo que yo pensaba, o quizás lo agigantaba más el saco azul con hombreras pronunciadas donde en una de sus mangas se amontonaban pelos de perro color blanco. Fantaseé que tendría un caniche y que él sería un amo piadoso. Entonces respiré largo y profundo y me le acerqué un poco más. Él me miró fijo y mi rabia sintió que se había confirmado mi certeza. Entonces le dije “asesino hijo de re mil puta” prácticamente al oído, como susurrando y dosificando la rabia, justo cuando el semáforo se puso en verde y el general genocida y ministro del interior de la dictadura Albano Harguindeguy bajó la vista y apuró el paso. Lo seguí cien metros a puro insulto, acariciándole la nuca con mi aliento a cada puteada. Ya en la segunda cuadra le escupí la espalda y le di un empujoncito en el hombro y entonces aceleró en silencio sus trancos torpes. En mi estado cebado lo seguí, sabiendo que era mi oportunidad única de una catarsis en vivo y en directo, hasta que se zambulló dentro de una panadería donde los oligarcas de barrio norte compran medialunas de manteca para el mate. Y bajaron la persiana frente a mi cara y recién entonces me fui. Esa tarde comencé a amar los otoños para siempre.

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