Querido diario:
Después de una serie de temblores menores, nos sorprendió uno que fue mezcla de temblor y sismo de 4.5 grados.
Yo estaba en el parque con unos amigos y la sensación es primero un gran sonido de UUUUUUMMMMMM que viene acercándose, haciendo eco amplificado sobre el faldeo de las sierras, y luego la onda expansiva como una ola que pasa debajo de los pies, que te hace pegar un saltito aunque te resistas, y pasa, y sigue su camino. El problema es que el dique que nos provee y contiene el agua fue construido para resistir hasta 5 grados, o sea que esta vez estuvimos al límite.
Por la tarde, yendo al pueblo, las consecuencias del temblor parecían ir aumentando según cada testigo que me cruzaba. Mi vecino más próximo me informa que las gallinas salieron disparadas, pero me jura que le dijeron que a un viejo de más allá se le desclavaron las chapas del techo y que el agua del vaso donde guarda la dentadura se movía, para acá y para allá, me dice. En el cruce de la ruta principal, doña Marta me pone al tanto que le dijo alguien al que le dijeron que en el dispensario una enfermera estaba aplicando una inyección y que por el terremoto (porque a esta altura ya era eso) le traspasó el hueso con la aguja a una viejita que se fue a vacunar contra la gripe. Cuando llego al mercado, Manolo, el cantor y poeta andaluz del pueblo, se me viene al humo para contarme que los vidrios de las ventanas casi se le hacen añicos y que las bondiolas que penden etéreas y voluptuosas de una antigua y sabia tirantería de guatambú, se balanceaban como acompasadas de una mano divina, poderosa e invisible. El Caco, dueño del local, me anticipa que río arriba le dijo uno que al que le contaron, que se abrió la tierra y brotan vertientes imparables donde ahora van a tomar agua los pumas y los zorros plateados, y que algunos pozos se han vuelto géiseres con humos así de altos y que esos vapores hasta el cielo modificaron el campo magnetico de las aves y ocasionaron un choque de loros a baja altura, con consecuencias fatales.
Considerando la devastación causada por el fenómeno, decidí recurrir a mi experiencia de ex niño explorador salesiano y anticiparme al caos optando por ser provisor, determinar prioridades y abastecerme de lo imprescindible que me permitiera sortear al menos unos días y poder sobrevivir a resguardo, hasta tanto llegaran los socorristas. Compré dos cartones de cigarros, quince cervezas, seis vinos tintos y blancos y dos curitas, por si acaso el asunto empeoraba.
Esa noche nos encerramos en las piezas, miramos Tinelli hasta bien tarde, y a la mañana siguiente nos levantamos a la hora de costumbre para tomar mate y conversar sobre el desastre natural.
Al mediodía hicimos asado.
:) Genial!
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